CASTELL (CASTILLO)
CASTELL
En medio del Baix Penedès, erigido en un pequeño promontorio que bordea el torrente, el castillo de Llorenç no es un castillo como los otros. De entrada, los papeles que lo documentan no dejan claro su origen. Imaginamos de inicio una torre de vigía que se va transformando en un gran caserío y, con el paso de los años, surgieron a su alrededor humildes casas de campesinos que levantaron una iglesia. Así es como nace un pueblo.
La heredad, que contaba con tierras y derechos, fue habitada y desatendida por múltiples poseedores que propiciaron a lo largo de siglos etapas de esplendor y decadencia. Tenemos constancia del resplandor de la casa señorial en la postal de inicios del siglo XX con la torre y las almenas, con las arcadas y los ventanales arábigos, con los árboles del jardín apenas plantados; con los muros encalados y la bandera ondeando en su punto más alto.
En el segundo tercio del siglo pasado, aún tiempo de cereales y de aceitunas en la almazara, de almendras y algarrobas, de viñas y de vino en la bodega, de aparceros con quién partir la cosecha, los amos que vivían en la ciudad dejaron de venir y se cerraron las puertas de la masovería. Muchos campos quedaron baldíos. La heredad se vendió y se dispersó.
La ausencia se ha vuelto melancolía; el deterioro se ha adueñado de paredes esgrafiadas de cenefas desincrustadas y damascos deshilachados; la humedad ha penetrado por los muros y una capa de polvo le impregna la pátina del paso del tiempo. Los espejos de los majestuosos aposentos reflejan la antigua opulencia; las habitaciones conservan todavía los cubrecamas. En las vitrinas, la fauna disecada está como esperando el desenlace final.
Ramón Siscart se adentró fascinado por estos espacios que se resisten a darse por vencidos y todavía conservan el penúltimo aliento. Su fotografía, al límite del dibujo al carboncillo, unifica el conjunto, lo mitifica. Las dependencias nobles, la vivienda de los masoveros, la bodega, la almazara, los almacenes, las herramientas obsoletas, los dibujos de la torre, cada rincón habido y por haber comparten la misma visión de desolación.
Mientras tanto, el castillo, letárgico, espera el nuevo resurgimiento.
Ramon Sicart i Batet





































































































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